Sobra papel (en los diarios, no de váter)

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Una de las campañas mejor enfocadas hasta la fecha para reivindicar el nuevo paradigma del periodismo digital fue la que llevaron a cabo los periodistas Eduardo Suárez y María Ramírez. El lema de la misma, #NoHaceFaltaPapel, consistió en un hashtag que a su vez se convirtió en un blog sobre innovación periodística el 2 de abril de 2014 y que hoy, ni dos años después, es el nombre de la empresa editora de El Español: un periódico digital que con sólo 3 meses de vida –y una millonada de por medio, todo sea dicho-, roza ya los 3,5 millones de usuarios únicos mensuales.

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«Un diario en papel dura lo mismo que tarda un colomense en reponerse de un Tren de la Moritz: un día y, a veces, si se bebe más cerveza a tiempo, algo menos.»

Parafraseando a #NoHaceFaltaPapel, yo subo la apuesta: sobra papel. Así lo creo y así lo escribo. Yo cuando tengo entre las manos un diario en papel siento lástima, porque el trabajo e inversión –papel, rotativa, repartidores, gasolina- que lleva (y ahí uno piensa en los periodistas y demás profesionales que se matan) no se corresponden con la vida útil del propio diario: dura lo mismo que tarda un colomense en reponerse de un Tren de la Moritz: un día y, a veces, si se bebe más cerveza a tiempo, algo menos. Después, todo el periodismo que hay en el diario muere en la basura, y la única manera de revivirlo es publicarlo en internet, ese medio que tan buenas madrugadas nos ha dado a todos.

Tan corta es la vida de un diario en papel, que a mí no suele ocurrírseme nada mejor que darle el pésame al quiosquero cuando me lo vende. Acto seguido, cuando ya le echado un ojo a los clasificados (para qué otra cosa iba a querer yo un periódico), yo, como Camba hacía, me pongo a escribir artículos: «yo me encierro por las tardes en un cuarto con un poco de papel [de diario] como, para hacer otra cosa, pudiera encerrarme en otro cuarto, con otro poco de papel. Allí comienzo a hacer esfuerzos y el artículo sale. Unas veces sale fácil, fluido, abundante; otras sale duro, difícil y escaso, pero siempre sale».

Hace poco, un amigo me dijo que no comprendía cómo los anunciantes podían seguir queriendo publicitarse en medios en papel. Al yo pedirle explicaciones, me dijo: «muy fácil: tú en papel te publicitas y a ti alguien te dice que el periódico donde te has publicitado ha vendido X ejemplares. Sólo pueden darte datos del diario como un todo, pero no pueden darte estadísticas de artículo por artículo, de manera que tú realmente no sabes ni sabrás si alguien ha visto la página donde exactamente estaba ubicada –y pagada- tu publicidad. Sin embargo, en digital la cosa cambia: cuanto tú pones una publicidad que va en un artículo determinado o que sabes que aparece en cada uno de los artículos –y no únicamente, por ejemplo, en la portada-, a ti pueden, perfectamente, a través de los gratuitos sistemas de estadísticas que existen, darte datos concretos sobre cuánta gente ha leído o ha interactuado con el artículo en el que tú te habías publicitado. Si bien continuará siendo imposible que te aseguren que alguien ha leído tu publicidad, en digital tal cosa será infinitamente más probable: la unidad informativa sobre la que tendrás datos será mucho más reducida, y lo mejor es que tendrá un tratamiento individualizado: el editor no dará publicidad al periódico como un todo, sino al artículo por individual.»

La explicación de mi amigo me pareció magistral. Imagine por un momento un comerciante que tiene un anuncio que quiere publicar en los medios. Qué cree que elegiría el comerciante antes, ¿un diario en papel del que únicamente va a tener datos con respecto a su venta en conjunto, o un diario digital en el que le van a poder decir cuántas visitas ha tenido el artículo donde va la publicidad, a cuánta gente ha llegado la misma o cuánta gente ha interaccionado con el artículo donde se ubica? La respuesta sólo la sabe el comerciante, pero conclúyase algo: en papel sólo es posible dar datos de todo el diario (las 80 páginas en conjunto); en digital, de la publicidad en particular (artículo por artículo): tal artículo, el cual lleva su publicidad, lo leyeron 5.000 personas. Esto jamás podrá asegurarse en papel.

«Las redes sociales permiten que el artículo resucite una y otra vez; hacerlo actual cuando no lo es, republicarlo y volverle a dar notoriedad.»

Por su parte, las redes sociales también han puesto de su parte para defenestrar al papel. Como decía al principio, en papel el contenido muere, pero, en digital, eso jamás ocurre: las redes sociales permiten que el artículo resucite una y otra vez, como le gusta hacer a un buen amigo los sábados noche; hacerlo actual cuando no lo es, republicarlo y volverle a dar notoriedad. Esto lo hace divinamente El País o Jot Down en sus Twitters o Facebooks: un artículo de opinión que habla de por qué viajamos, en digital podrá tener vigencia hoy y dentro de 50 años, pero en papel sólo existirá hoy. Una preciosa crónica del día de San Jordi de 2012 podrá tener vigencia en San Jordi de este 2016 si ese día se republica y relaciona debidamente en Facebook, pero en papel dejó de tener sentido el 24 de abril de 2012. Y así sucesivamente.

Si lo pienso fríamente, ¿qué es el periodismo sino estar las 24 horas pendiente de la actualidad? Yo me he llegado a comprar diarios en papel que, sorprendentemente, a las 7 de la mañana tienen portadas que ya no son noticia: justo a las 5 pasó algo que echó todo por tierra. Si el periodismo en papel puede denominarse «periodismo parcial», en tanto que sólo alcanza a hacer pública parte de la actualidad, como quien se pone unas gafas con 2 dioptrías menos y sólo ve la mitad de lo que debiera, el periodismo digital es sin duda el «periodismo total»: tiene la posibilidad (otra cosa es que lo haga, pero al menos la tiene) de captar todo lo que ocurre, segundo a segundo.

Pero no pretende ser éste un alegato contra todo el papel habido y por haber: algo tendremos que leer, le dijo un analfabeto a otro. Yo, en esta nueva era, el papel en periodismo lo veo relegado a la profundidad y sin lugar en la actualidad. Es por eso que dejé de verle sentido en los diarios, pero no, por ejemplo, en las revistas: esto también lo percibió EL MUNDO cuando, hace unos meses, lanzó PAPEL; así como también lo vio EL PAÍS cuando se unió a Jot Down. Las revistas son como los libros: eternas. No están limitadas a un marco temporal, y los reportajes o artículos que llevan son dignos de ser leídos en papel hoy, mañana, y el día de nuestra muerte al mediodía. Los diarios, sin embargo, por hacer referencia al hoy y no a ningún otro día, y siempre que no se hable de un coleccionista de esos que supura placer vivo con el olor a tinta, tienen los días más contados que yo en Santa Coloma los próximos meses.

 

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