Este artículo iba a llevar por título “por qué me voy a Reino Unido” y lo iba a publicar en mi blog personal antes de partir, pero uno no siempre escribe cuando quiere y, dado que lo empecé en Santa Coloma dos madrugadas antes de venir a tierras inglesas, he decidido darle el toque de barrio: ese algo en el que todos nos vemos reflejados.

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Hace unos días, cuando dije que me iba a Inglaterra, me preguntaron que por qué. Que si tenía fiebre. Que por qué no había dicho nada antes. Que si era verdad. Que había salido en el telediario y yo no había dicho nada todavía. Yo, dije, me voy a Inglaterra porque, de no hacerlo, me quedaría en España. Si bien salta a la vista la suficiencia de la explicación, un par de párrafos me parecían pocos para un tipo que gasta miles de caracteres en chorradas de alcance, por lo que empecé a pensar qué cosas serias y rigurosas me habían empujado a salir de Santa Coloma.

De Santa Coloma me he ido simple y llanamente porque sabía demasiado inglés y me sentía algo abusón o abushong, como se prefiera, y pensé que en Inglaterra podría desaprender un poco juntándome mucho con españoles, esa especie en extinción con la que sólo se da después de un escudriño a conciencia. Así que a eso me dedico en tierras inglesas: he empezado a hacer maratones de Paco Martínez Soria y Chiquito de la Calzada para borrar cualquier atisbo de inglés que quede en mí, y si me da por intentar traducir o pensar en inglés alguna palabra, tiro de Torrente, El Fary o me pongo Radio Cádiz durante 5 horas al día como recurso último de desaprendizaje.

Además, yo en Santa Coloma estaba comodísimo. Vivía a cuerpo rey, como El Fumi de Morata. ¿Quién quiere vivir a cuerpo rey en los tiempos que corren? Yo lo tenía todo clarísimo y nunca había sentido ningún interés por viajar, pero necesitaba sufrir de vez en cuando, verme solo y, lo más importante, decrecer como persona a lo Benjamin Button. Debía, costase lo que costase, convertirme en un ser exquisitamente abominable. Por eso estoy haciendo esfuerzos exagerados para ello, aunque todavía se me escapa algún “gracias” en estas primeras semanas de adaptación. De momento he empezado por escribir cosas que confundan a la gente. ¿Que el titular de un artículo mío dice X? mi texto dice Y. Así hasta que haga méritos suficientes para ir al infierno, que es ese lugar incierto al que te llevan en una N9 destino Titus a la una de la noche de un viernes/sábado.

Manuel Arenas-en-Londres

Londres es una ciudad chula. Yo no vivo en Londres, sino en una ciudad cercana, pero digo que vivo en Londres porque suena más cool y porque quiero justificar de manera tajante mi futura sudadera de “I love London”. Aquí siempre hay algo que hacer. El otro día me di un paseo por el Besós, que cruza toda la ciudad, y llegué caminando al puente del Potosí, donde se grabaron pelis de Harry Potter y Sherlock Holmes. La verdad es que esa zona está bien, pero nada como presenciar el cambio de guardia que cada día se produce en el Palacio de Buckingham de la calle Irlanda. Es un momento apoteósico: más o menos a media mañana, durante unos segundos se produce ese cambio de turno magnífico entre Pepe y Paco, dos guardias reales menos londinenses que yo. Uno de los dos viene de dentro, le da la mano al otro, y éste deja la puerta de la entrada para seguir atendiendo a los que van a renovarse el DNI. Y, mientras tanto, música de Disney para el disfrute de los cientos de personas que se abarrotan en la calle Irlanda. Una gozada.

Yo supe que venía a Reino Unido hace tres semanas y llevo tres semanas queriéndome preparar para el viaje. Pensaba que en estas tres semanas iba a: adelgazar 20 kilos para volverlos a engordar a base de fish and chips, leerme toda la bibliografía que existiera sobre Londres, estudiar todo el inglés que pudiera y echarme una novia londinense para poder presumir de correa inglesa del mejor de los leathers. Nada de eso se ha dado, y lo único que he vivido en inglés en estas semanas han sido los insultos de dos guiris plomazo con las que me tocó esperar a un amigo que se empeñó en debatir en su coche con una chica a las 6 de la mañana acerca de la contradicción positivista que supuso en la Filosofía del Derecho la Grundnorm de Kelsen, según el poco contrastado testimonio de mi amigo. Pero no haberme preparado un carajo me ha ayudado a ver algo: que la cosa no era prepararme para venir, sino más bien será prepararme para volver. Como me dijo un buen amigo que ahora estará leyendo esto: no es que pasen pocos trenes en la vida; pasan muchos, pero hay que estar ahí para cogerlos, cosa que casi nunca hacemos.

Para mí, salir de Santa Coloma ha sido como dejar la cama por la mañana en un día de resaca. En la camita estás la hostia de bien y sabes que te quedarías toda la vida; pero al mismo tiempo sabes que el día para que salgas a la puñetera calle es hoy y que mañana, cuando haya que dar un palo al agua, esperas no seguir de resaca porque en tal caso te espera un día dando palos, en este caso de ciego.

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