Poco sexo y muchas nueces

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Una pareja realiza un acto sexual en la parada de metro de Liceu durante la madrugada del domingo posterior a Sant Jordi. Algunas personas observan la escena, otras la graban, otras huyen y la mayoría de la ciudad comenta a las pocas horas las imágenes, absortas de la impunidad con la que dos seres humanos asaltan la vía pública por unos minutos.

¿Dónde acaban los derechos del otro para comenzar los míos? ¿Dónde se inicia la transgresión y la violencia ante el ajeno?

Todos podríamos estar de acuerdo que en la sociedad actual debería estar prohibido y evitado las muestras sexuales de uno o varias personas en un espacio público. En aquellos espacios cohabitados por otros individuos que nada tienen que ver con el acto en sí. Pero también podríamos sentirnos violentos, transgredidos y hacer nuestro el derecho a defensa con actos que se han vuelto cotidianos o, al menos aceptados por la cotidianidad en lo que se ha convertido o  huyen de algo muy diferente a una de las cuestiones pendientes que tiene el ser humano consigo mismo: el sexo.

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‘Así que observo la escena sexual del metro de Liceu, una y otra vez, por la televisión, radio y prensa y no dejo de asombrarme de nuestra Incapacidad.’

En esta última semana el acto sexual, por llamarlo de alguna forma, se ha convertido en el tema más importante de la Ciudad Condal. Las investigaciones sobre el lugar, la hora y los copuladores han llenado los minutos de la prensa local sobre las deficiencias en el control de un hecho consumado de tal calibre. Nadie se ha parado a pensar que más allá del estado de embriaguez de los actores principales se oculta la verdadera historia sobre los transportes públicos de nuestra megalópolis.

Nos escandalizamos infinitamente más por el acto violento de dos seres humanos sobre sí mismos, sobre el respeto al otro y a sí mismo, por superficializar el amor o el arrebato sexual que se tienen en ese momento. Por la vergüenza ajena que deben sentir en estos momentos y como el triunfo – seguramente del alcohol – han hecho de esa noche del domingo algo efímero, primitivo y superficial.

Pero deberíamos elevar la protesta a todo lo que rodea la escena encontrada. La falta de seguridad en los andenes de las estaciones de metro, donde frecuentan los hurtos de las mismas personas día tras día y, sobre todo, conocidas por las empresas de seguridad. La falta de seguridad en los andenes ante aquellas personas violentas que incomodan a los usuarios, aquellos que han pagado de sobras el billete y el derecho a viajar sin miedo. Adolescentes mal criados que utilizan el vagón como altavoz de discoteca o escenario para obligar al respetable a aplaudir su supuesto talento musical, escénico o vayamos a saber qué.

Deberíamos elevar la protesta por los enormes retrasos de los trenes de cercanías, la falta de información y la falta de seguridad ante el enjambre de personas que se cuelan día tras día en cada estación, mientras el resto de usuarios depositan cerca de cuatro euros para mantener a todos los polizontes.

liceu CANAL150 Gramenet Oscar EstebanDeberíamos elevar la protesta por el deficiente estado de las estaciones de tren, como por ejemplo, la de Sant Andreu Comtal, a la que para acceder a su planta inferior has de dejarte llevar por sus más de treinta escalones. Un verdadero lamento para personas con movilidad reducida o turistas con sus maletas y portes.

Así que observo la escena sexual del metro de Liceu, una y otra vez, por la televisión, radio y prensa y no dejo de asombrarme de nuestra Incapacidad. De cómo el sexo sigue siendo un arma poderosa para bloquear nuestra razón. Una vez más la violencia resulta más tolerable que el sexo. Y es indiferente que en las últimas cuarenta y ocho horas hayan muerto en Alepo, norte de Siria, un civil cada veinticinco minutos y bombardeado un hospital pediátrico de Médicos sin Fronteras y la Cruz Roja por bombas aliadas. Sí aliadas, dícese de los nuestros, ergo, nuestras bombas.

La noticia viral de los breves amantes del Liceu copa nuestro interés e indignación mientras el mundo gira vertiginosamente sobre nuestras cabezas hasta estrellarse ante nuestras narices. Pero solo levantamos el ala si el ruido nos moleta y solo para taparnos mejor.

Así que a todos aquellos que se preocupan de los amantes del andén y olvidan los retrasos, la inseguridad, los recortes en personal, la subida de los billetes y los sueldos millonarios de la cúpula directiva para centrarse en el acto carnal. Solamente se me ocurre una respuesta.

..anden a la mierda con los amantes del andén.

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