Los pinchos de La Taula

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De mi primer viaje a Londres, allá por 2012, cuando por aquí estaban de Juegos Olímpicos, guardo una lata de Coca-Cola. La tengo en mi estantería, encima de mis apuntes de Derecho: un lugar en el que bien podría guardar mis veinte primeros años de vista, siempre para perderlos de vida. En su día pensé que la lata era especial, porque tiene los aros de los Juegos de Londres 2012 dibujados. Me pareció el símbolo no ya de los JJOO, sino de mí en ellos: yo de esa lata jamás llegué a beber Coca-Cola, sino que hace cuatro años que me bebo el gentío arrollador que acompañó a mi soledad aquellos días. Uso la lata para beber a través de mis ojos todas las cosas que viví y que no me gustaría olvidar jamás: cada vez que miro la lata me vengo a la cabeza perdidísimo y pidiendo fotos a desconocidos en Trafalgar Square.

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Con el bocata de pinchos de La Taula Vella, que ahora cumple 20 años, La Taula que no el bocata, si no vaya bocata, me pasa lo mismo. Creo que desde que corté con mi novia todavía no he estado ni un día en que no me haya pedido un bocata de pinchos de esos que alguna vez le pediré a Esther firmado.

Yo cuando tuve novia, que fue cuando vi la luz y la perdí de vista al mismo tiempo, tuve que aprender muy rápidamente a hacer cosas para no convertirme en lo que siempre había sido: un tipo que sabía casi todo de casi nada. En Santa Coloma había un sitio que me pillaba cerca de casa y que hacía un tiempo había probado, así que no veía motivo para no repetir, sobre todo porque siempre veía gente en la puerta: cuando la noche te confunda, vete para la parte alta de la Calle Mayor, también conocida como Rafael de Casanovas, que en La Taula hay luz seguro. Yo a mi novia la llevaba a La Taula como el padre que dice hacer un esfuerzo por jugar con su hijo a la play: la falsa justificación también es un arte. Hasta que la relación se acabó, momento en que me planteé enviarle a mi ex un bocata de pinchos mensual, porque sin mí se puede –y se debe- vivir, pero yo al menos no me atrevería a hacerlo sin los bocatas de Esther. Me los como porque además de que me saben mejor de lo que me sé yo a mí mismo, yo cuando me como un bocata de pinchos de la Taula ni pruebo la carne: en realidad saboreo con toda la sutileza del mundo lo que fueron los comienzos inocentes de un noviazgo que, quizá por el ali oli, se me repite a veces más de la cuenta. Con esos pinchos quise hacer como Jabois con los goles de Hugo Sánchez, que los grababa para revivirlos años después: yo siempre empiezo una relación con quien acompaña a mi bocata en La Taula, cosa que me ha supuesto algún que otro problema de celos porque a quien verdaderamente quiero es a los pinchos.

Después he seguido yendo a La Taula unas cuantas veces, la mayoría para reencontrarme con viejos amigos, esto es los pinchos, mientras delante de mí había personas como David Lorente o Salva Montes. Siempre mantuve con ellos conversaciones delicadas, o sea periodísticas, si bien nunca supe quitarme de la cabeza esos pinchos que me vienen cuando me como mis recuerdos entre pan y pan: algo que, aunque escueza, no tengo pensado dejar de hacer. Mi paladar no me lo perdonaría.

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