Gaspar Rosety, como el niño soñador que todos hemos encarnado alguna vez, se propuso un día ser el mejor en lo suyo. Cogió un micrófono de radio y se puso a narrar goles de Raúl como un auténtico loco. Hoy, un domingo cualquiera, uno se levanta con la inesperadísima noticia de su fallecimiento, y se da cuenta de que Rosety, con su peculiar estilo y su afectuosa personalidad, consiguió su propósito: “El mejor narrador deportivo radiofónico de todos los tiempos”, se lee incesantemente en Twitter.

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Hoy, 6 de marzo de 2016, es uno de esos días en que la radio enviuda hasta que, a base de escuchar a Rosety, se reponga. Gaspar, madridista recalcitrante confeso y uno de los elegidos por García, era uno de esos periodistas de manual que llevaban el oficio al extremo: formaba parte de esa ringlera magnífica de personalidades de los 90 que sentía su oficio como quien siente un amor platónico; como esos hombres de Estado que se fueron y que pasarán de boca en boca con la justicia que el paso del tiempo dignifica.

Recuerdo cómo, de pequeño, mi padre no me decía que iba a escuchar la radio, ni tampoco que iba a escuchar el Madrid: él iba a escuchar a Gaspar Rosety. Porque Rosety, alguien que hizo de su quehacer su razón de ser, supo seguir la prescripción que en su día promulgó Kapuscinski: «Para ser buen periodista hay que ser buena persona». Es por ello que no leerán ustedes ni una sola coma negativa acerca de Gaspar: porque a pesar de sus ideas y posicionamientos, todos le recordamos con cariño; como si en algún momento u otro de nuestras vidas hubiera estado hablándonos al oído como si nos conociera de siempre. Cosa que, curiosamente, ocurrió.

Yo conocí personalmente a Gaspar Rosety en Twitter, a través del medio que publica este obituario. Últimamente él venía ejerciendo como Presidente de la Asociación de Derecho Deportivo de Madrid y había publicado algunos artículos en Iusport, donde yo también había empezado a publicar artículos de opinión sobre Derecho deportivo. Recuerdo que una vez, sin haberle pedido yo nada y sin prácticamente conocerme, tuiteó un artículo mío citándome como “gran periodista y abogado”. Ése era Gaspar Rosety: alguien que cuando empezó en el periodismo ya decidió que iba a morir matando, pues para ganar la batalla de su vida siempre quiso dejarnos su arma más valiosa para revivir en un día como hoy: su voz.

Artículo publicado originalmente en Iusport.

 

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